19 de diciembre de 2017 | Joaquín Rayego Gutiérrez

En tu puerta están las campanillas

En tu puerta están las campanillas
En tu puerta están las campanillas
Aleteando entre setos, o al borde de los caminos, asistimos en estos días al regreso de “Robin”, el pajarillo de pecho rojo que tomó su nombre del más popular de los forajidos ingleses, y cuyo color rojizo la tradición vincula con una herida que se hizo en el pecho al arrancarle a Jesucristo su corona de espinas.
Y en pocos días también seremos partícipes de un extraordinario suceso: ese periodo de tiempo en que el Sol se nos muestra más cercano a la Tierra, en el que disfrutaremos del día más corto de año.
A partir de ese momento en que el Sol semeja parar su marcha ─solsticio ─ y cambiar de rumbo, los días se alargarán, y se harán más frecuentes las horas de luz.
Es un hecho cósmico que la Humanidad, tan necesitada de verdades, de calor de hogar, de luz, y de afectos, celebra desde tiempos inmemoriales.
También en Andalucía, puente de civilizaciones, se rinde culto a la Luz y a la Madre Naturaleza, en la tierna figura de un niño recién nacido, al que el pueblo acuna con el nombre de Manuel.
Que no en vano alguien definió esta tierra como “crisol de culturas”, pues en su suelo germinó lo más granado de las culturas greco─ romana, árabe, y judía.
Díganlo, si no, Cabra, Lucena, Niebla, Almonaster, Itálica, Medina Azahara, La Alcazaba, La Alhambra, y toda una interminable lista de ciudades herederas de ese rico legado que no sólo la arquitectura muestra, sino también una filosofía de vida, la música, las tradiciones…
Baste un pequeño botón de muestra: el de los campanilleros andaluces, que a la manera de las “pandas” de verdiales recorren las calles y plazas en días de Navidad para hacer su ofrenda al Niño, y para acercarse a las casas de amigos y convecinos, a brindar por el año que nace con mantecados de Estepa, y una copa de anís de Rute.
Fiestas de celebración de la amistad, de la luz, y de la alegría de vivir, como en otro tiempo fuesen las que los romanos dedicaban a Saturno, el dios de la tierra.
Y para ir entrando en calor hasta estas páginas viene un grupo de campanilleros llegados desde aquella Arcadia famosa a la que la sensualidad árabe bautizara con el nombre de Aljarafe.
Ellos nos irán evocando una historia mágica que ya conocemos desde niños, y que tiene sus comienzos cuando una pareja de enamorados se da el “sí quiero”, o mejor el “sí consiento”:

─ En tu puerta están las campanillas; / ni te llaman ellas, ni te llamo yo,
que te llama la Virgen María/ con el patriarca, señor San José.
En el cielo se alquilan balcones/ para un casamiento que se va a hacer,
que se casa la Virgen María/ con el patriarca, señor San José.

La historia tiene sus más y sus menos; sus picos álgidos, y sus momentos de duda, que pocos hombres de hoy seríamos capaces de soportar tanta incertidumbre; a no ser un varón de fe, tan humilde y tan sencillo como este enamorado carpintero:

─ El esposo le dice a la esposa: / Espera, querida, ay triste de mí,
que las penas que yo estoy pasando/ jamás es posible poderlas sufrir.

Y para tamaño idilio, el mejor fruto había de ser el que se prolonga en la sangre cual grito de guerra, el que nos trasciende en vida como un interminable eco:

─ En un pellejito blanco/ que tenía poca lana
parió la Virgen María/ al hijo de sus entrañas.
Dale, dale, dale/ dale a la zambomba.
Dale, dale, dale/ que la noche es corta.
Dale, dale, dale/ dale sin parar,
que la noche es corta/ y hay mucho que andar.

─ Dicen que nació / sin ropilla ni sábana alguna,
y la misma cuna abrigo le dio.

Si bien no es cosa de engreírse por el hecho de ser Dios, que la humildad es alimento de dioses, y “humanal cosa es pecar”, que dijo el poeta; y pecado, al fin y al cabo, es codiciar el bien ajeno:

─ En el portal de Belén/ gitanitos han entrado,
y al Niño que está en la cuna/ los pañales le han robado.
Pícaro gitano, / cara de pandero,
que al Niño de Dios/ lo has dejado en cueros.

Y aunque poca fortuna sea la de haber nacido entre pajas, al calor del estiércol de una mula y un buey, y sin una escoba y un recogedor para adecentar el pesebre, el Portalito de Belén es el mejor de los cielos: un firmamento de estrellas que da sentido a una cultura ─en contraposición a aquella otra que rinde culto al padre árbol─ y en cuyo centro destaca la figura de una mujer, la Virgen María, como sostén primordial de la familia:

─ María, la caña de trigo/ San José, la espiga / y el Niño, la flor.
Y el Espíritu Santo, la grama/ que está allí metida / por obra de Dios.

La “canción de villanos” lo dice con alegórica sencillez, señalando los misterios y verdades de fe en las que el buen cristiano confía:

─ María, la llave del barco / San José, la vela/ y el Niño, el timón.
Y el Espíritu Santo, los remos/ que van dirigiendo/ nuestra salvación.
Feliz ocasión/ que embarquemos toítos en ella,
y vayamos al puerto/ de la salvación.

De tan sabrosa ciencia son valedores los campanilleros, troveros de una realidad donde la bondad, la caridad, y la estética, encuentran su mejor acogida:

─ En los campos de mi Andalucía/ los campanilleros, en la madrugá
me despiertan con sus campanillas, / y con sus guitarras me hacen llorar.
A la puerta de un rico avariento/ llegó Jesucristo y limosna pidió.
Y el avaro, en vez de limosna/ los perros que había se los achuchó.
Pero quiso Dios/ que los perros de rabia murieran,
y el rico avariento pobre se quedó.

Pedagogía del premio, y del castigo.
El castigo que el juez de los cielos tendrá destinado al rico “Epulón”; y el premio que les tendrá reservado al pobre Lázaro, y quienes acogen a su mesa a un pobre─ como lo haría el “Padre Patera” ─, y a quienes comparten su pan y su vino, como ciego aquél que compartió sus naranjas con la Virgen y el Niño, y a quien la Madre de Dios le devolvería la vista, en señal de gratitud.
Que lo aprendan bien esos frailes, que tanto “frailan” acerca de la caridad humana:

─ San Miguel, como pesa las almas / las pesa con tiento, y con claridad,
para ver la que es mala o buena/ para darle cuenta a Su Majestad.

Se van los campanilleros al compás del cántaro, la alpargata, la botella de anís, el triángulo, la zambomba, la guitarra, y la pandereta, instrumentos de los que se sirven los más humildes para alabar al Niño Dios, y para desear a sus amigos y vecinos paz, salud, amor, y trabajo que les permita vivir holgadamente, y con dignidad:

─ Concluyen aquí esta noche/ los campanilleros/ con su obligación.
No han temido al agua, ni al barro/ ni a ningún contagio/ exterminador.
¡Viva su tesón!, / ¡viva su tesón!/ Que aunque ronco /tú hayas estado
ninguno ha faltado/ a su obligación.
 
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