9 de marzo de 2020 | Joaquín Rayego Gutiérrez

De fábula

─ “Bendigamos el confort de las hormigas regulares/ y la noche aún más triste que el papel secante/ después de la muerte de las palabras”

Niña leyendo
Niña leyendo
La teoría de que el hombre procede del mono tuvo su confirmación en los últimos trabajos científicos; y así, tras ser descodificado el genoma de los bonobos, los científicos señalaron a estos, junto a los chimpancés, como nuestros parientes más cercanos.
Conocer al hombre, por tanto, es intentar comprender lo que, a través de un largo proceso evolutivo, nos ha llevado a ser lo que somos.
Ya desde antiguo a los dioses y a los hombres se les identificaba con animales (zoomorfismo); y así las personalidades de San Marcos, San Lucas y San Juan ─ tres de los evangelistas─, nos vienen representadas por un león, un toro, y un águila, respectivamente.
En ese punto la literatura vendría a tener un papel educador al trasladar los hábitos, las vivencias, y los intereses infantiles, al mundo animal, en un intento de dotar al niño de unas determinadas normas de conducta; de buscar respuestas a sus preguntas, y soluciones a sus conflictos.
El papel de “formar, informar y distraer” se reflejaría pues en las virtudes y en los defectos de personajes de la talla de “Garbancito”, de “Caperucita”, del lobo, del patito feo, y de otros héroes y villanos cuyo sentido profundo se nos esconde en no pocas ocasiones, y que requeriría de una pormenorizada lectura, como subraya Bruno Bettelheim en su magnífico ensayo que lleva por título: “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”.
Comentaba el novelista Rafael Sánchez Ferlosio que estos relatos exigen una mirada adaptada a los nuevos tiempos, pero que en ellos la educación se construye sobre la vergüenza, y el miedo del receptor a no formar parte del grupo.
En ese sentido un compañero ya fallecido apuntaba que cuando de pequeño su profesor le contaba la fábula de la cigarra y la hormiga no podía reprimir una cierta simpatía hacia la cigarra, y una enconada antipatía hacia el “tararí del cornetín”, al “uno, dos” de parada militar, y al espíritu laborioso de las hormigas; y aún con mayor motivo cuando aquéllas se negaban a “financiar” “el buen rollo” de las cigarras, mientras se mataban a trabajar.
Esa “espinita clavada” sería la verdadera razón, según señalaba tan ilustre comediante, que le llevaría a hacer una versión teatral de la famosa fábula atribuida a Esopo.
Tal vez pensara, como Nietzsche, que ya era tiempo de dar la espalda a la moral occidental, tan cargada de perjuicios:

─ “La moral del sufrimiento voluntario, (…) la virtud del sufrimiento frecuente, de la privación de la vida penitente, de la mortificación cruel (…) se ha introducido en el concepto de hombre moral”

Y como el filósofo alemán probablemente se preguntara por la raíz de esas “normas”, de esa forma de tradición, para responderse que estriba en “una autoridad superior a la que se obedece, no porque lo que se ordene sea útil, sino por el hecho mismo de que lo manda”.

Desconozco si la “Parábola del Hijo Pródigo” le habría merecido a mi amigo el mismo tipo de disquisición que el de “La Cigarra y la Hormiga”, siendo sus planteamientos tan parecidos, y sus soluciones tan distintas.
Desconozco si los insultos blasfemos del actor español Willy Toledo, o las torpes pintadas feministas, aparecidas estos días en edificios singulares de la ciudad, como el palacio arzobispal, o el monumento a la Inmaculada Concepción, sean un canto a la libertad, o una de esas estupideces que no tienen perdón de Dios:

─ Hay blasfemia que se calla / o se trueca en oración;
Hay otra que se escupe al cielo, / y es la que perdona Dios.

Desconozco si el Ayuntamiento de Cádiz cede un espacio para taller de “autocoñocimiento” ─ actividad “no mixta para personas con vulva”, a la que se recomienda llevar esterilla, cojín y un espejo ─, para esconder su incapacidad de procurar viviendas dignas a esos otros gaditanos que viven en condiciones tercermundistas. Y que siga el Carnaval…

Imagino que por parte de las hormigas cantoras, de las hormigas aladas incapaces de ser legión contra nadie, la única salida posible es la de la honradez, y la entrega generosa, que es lo que nuestros padres nos enseñaron; nada que ver con privilegios mal logrados, ni con la azarosa fortuna, ni con el medro personal a costa de nadie, ni con el mercadeo de influencias, ni con esa otra moral de las cloacas, contra la que ya nos previno, hace la friolera de setenta y un años, la escritora rusa “Ayn Rand”, a quien no pude leer, pero cuyas palabras transcribo gracias a la generosidad de un amigo:

─ “Cuando adviertas que para producir necesitas obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes no trafican con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por su trabajo; y que las leyes no te protegen contra ellos sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando descubras que la corrupción está recompensada y la honradez se convierte en un auto─ sacrificio, entonces podrás afirmar, sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada”.
 
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