6 de noviembre de 2014 | Alfonso García-Donas León Psicólogo

Ser Ser Humano

Hola amigos/as. Me dirijo a vosotros/as en esta nueva sección del periódico local (La psique abierta) para hablar sobre temas referentes a la psicología de una manera cercana.
La psicología es una ciencia que podríamos definir como socio-bio-comportamental, es decir, que estudia los movimientos sociales; la anatomía y biología del cerebro, así como sus funciones; y la forma que tenemos de comportarnos como seres individuales. La misión de este primer artículo (Ser ser humano) es la de comentar algunos aspectos cardinales que nos definen como personas, así como ofrecer una introducción a esta sección.
En la escuela siempre nos han enseñado que un ser humano es un ser vivo perteneciente al reino animal que nace, crece, se reproduce y muere. Y poco a poco vamos aprendiendo que entre medias transcurren millones y millones de estímulos, segundo tras segundo. A este devenir de sucesos es a lo que llamamos vida.
Pero la vida de un ser humano no es tarea fácil. Y eso que, en definitiva, no somos ni más ni menos que animales, un escalón evolutivo por encima del resto… “Y ya está”. Por eso mismo, y aunque nos empeñemos en enterrarlos, tenemos instintos primarios, deseos animales, necesidades básicas (“impopulares” en algunos casos) que satisfacer… Igual que el resto del reino animal, con la salvedad de que nosotros hemos desarrollado un lenguaje complejo y sentido del humor. Así es que resulta que nos parecemos más a cualquier otro animal que, hasta donde sabemos, a otra raza de seres inteligentes.
Sin embargo, esas “pequeñas” diferencias son las que nos invitan a aprender a madurar, relacionarnos, cumplir unos requisitos educativos, formar parte de una sociedad (nos guste ésta o no), no caer en malos vicios, cumplir las expectativas de quienes nos educan, velar para que quienes educamos cumplan nuestras expectativas, “ser alguien” en la vida, ser personas honradas, no juzgar a los demás, respetar todos los puntos de vista, desarrollar empatía… En definitiva, estamos llamados a ser unos seres dignos de la denominación de especie.
Pero el color de la vida es algo lleno de demasiados matices como para pretender que aquello sea literal. Pensad que nuestra vida comienza con una frustración: Nacer. En cuestión de momentos pasamos del líquido amniótico (armonioso, relativamente silencioso e ingrávido) a la realidad (fría, desconocida e inhóspita)… Y esto jode.
Pero las cosas van bien por ahora. Hemos nacido, con un poco de suerte estamos sanos y, oye, después de todo, esto no está tan mal. Hay una mamá que nos acuna y aquí fuera hay más colores, sonidos y sensaciones en general que allí dentro… Así es que nos quedamos. Y desde este mismo momento desarrollamos un instinto de supervivencia más fuerte que cualquier otra cosa. Sin dicho instinto que nos obliga a salvar cualquier inconveniente, las cosas serían muy diferentes, ya que la frustración (entendida en términos generales) forma parte continua de nuestro recorrido vital.
Definimos la frustración como una emoción negativa que sucede cuando ocurre algo de carácter negativo (valga la redundancia) que no nos esperábamos, o cuando no se produce (o deja de darse) algo positivo que sí esperábamos. Y esto, como digo, se da constantemente en diferentes grados.
Por otro lado, la tolerancia a la frustración es algo que debemos aprender sobre la marcha. La mayoría de nuestras frustraciones vienen porque no vivimos en una sociedad natural (donde ya se dan algunas), sino en una sociedad humana, donde no sólo modificamos nuestro ambiente, sino también nuestros instintos y la forma de vida primigenia. En pocas palabras, definimos nuestra civilización negando un poco de lo que somos.
Pero es que además de la frustración tenemos que enfrentarnos al resto de emociones. La psicología acepta ampliamente la idea de que existen seis emociones básicas: Miedo, asco, tristeza, ira, sorpresa y alegría. El resto de emociones se denominan secundarias y estarían conformadas por combinación de las anteriores. Así es que encontramos que de las seis emociones básicas, sólo una es positiva: La alegría. El resto son o pueden ser (en el caso de la sorpresa) negativas.
Y esto es así porque, al parecer, la naturaleza tuvo que desarrollar respuestas adaptativas ante estímulos peligrosos para asegurar la supervivencia. Para un ser humano en los albores de la evolución, estas emociones le valdrían de mucho: El miedo le haría correr o defenderse más rápido ante un peligro inminente, el asco le alejaría de la carne putrefacta y otros agentes infecciosos, la tristeza le indicaría algunas cosas que hay que evitar, la ira le daría potencia de ataque y defensa en el caso de ser necesaria, y la sorpresa le permitiría hiper-focalizar sensorialmente un estímulo inesperado. Tan bien funcionaron estas emociones en el pasado, que se han quedado instauradas en nuestro cerebro fuertemente.
Pero por suerte, aunque estas sean las emociones que nos gobiernan, no son, sin embargo, las fuerzas que mueven la motivación de las personas. Para eso están las emociones positivas escondidas en las pequeñas cosas. Si se sabe mirar, la vida está repleta de ellas, lo que permite equilibrar la balanza emocional hacia lo positivo.
Aún y así tendremos que caminar con el peso de tener que enfrentarnos a lo que somos en términos evolutivos (animales con aires de grandeza), a la frustración de una sociedad que (salvando sus inmensas virtudes) nos desnaturaliza, a las expectativas de quienes nos rodean y a reprimir algún que otro vestigio animal. Y entre medias debemos intentar ser felices.
Por todo eso, ser un ser humano no es tarea fácil, de hecho, es lo más difícil que tenemos que aprender. Porque ser humano lo puede ser cualquiera que tenga una mamá y un papá pertenecientes al homo sapiens, pero ser un ser humano feliz y coherente es otra historia.
Así es que en la medida de lo posible: “Se tú mismo y de paso, si puedes, se feliz, pero sobre todo se tú mismo”… Lo aprendí en un azucarillo.
Nos vemos en la próxima.
 
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